jueves, 19 de abril de 2018

Para Pedro Sorela

Este es el primer ejercicio que hice en periodismo para el profesor que más me marcó en toda aquella temporada. Tanto por esta clase en concreto, como por este año y las muchas conversaciones que nos siguieron uniendo cuando nos encontrábamos o yo iba a buscar su consejo. Aún recuerdo sus críticas oportunas y sus ánimos. Y aún recuerdo a la niña que escribió así:


Primera versión.

Nace un insecto en plena naturaleza, a nadie podría extrañarle, la mayoría no se fijaría en el asunto. Pero yo soy el animal que vaga salvaje, que es sin ayuda, que esta contento, que no conoce otra cosa. Corro libre y surco el mar. Cazo. Vivo en un agujero en el suelo, el mismo que pisáis. Soy libre para obrar como desee. Y os observo, viviendo en enormes cajas de zapatos con agujeros. Abrigados del frío, salvados del calor, llevando siempre la contraria al tiempo. No os comprendo. Podrían pasar mil años y desde mi pequeño observatorio seguiría sin entenderos. Destrozando el mundo, existiendo tan despreocupados y a la vez tan destructores. No podéis poneros de acuerdo ni discrepar. Dejáis el significado en casa. Y así os difumináis en la edad para que no podáis ser más que las extremidades fantasma, sin nombre, de un motor que se mueve para un bien común que no beneficia a nadie. Todos vuestros brazos forman el mundo, pero qué poco mundo abarcan vuestros brazos.


Segunda versión.

La vida de un bicho comienza en el mundo salvaje, no se alarma nadie hasta ahora. Aunque la mayor parte pasaría de largo el tema. Pero yo soy esa criatura que camina, que existe sin auxilio, y es feliz. Voy con prisa y navego. Mato a otros seres para comer. Estoy en una abertura en la tierra, la misma sobre la que andáis. No estoy sujeto para hacer y deshacer a mi antojo. Y os veo, habitando gigantescas construcciones de cementos con ventanas. Calentitos, o refrescados, contrariando siempre el ambiente. No os entiendo. Pasaría un milenio y desde mi puntito de vista no seria capaz de comprenderos. Destruyendo la Tierra, viviendo tan desentendidos y a la vez tan guerreros. No sois uno ni muchos. Olvidáis lo que representa en vuestro hogar. Y desaparecéis de ese modo en la historia para no ser más que unos brazos invisibles, innombrables de un mecanismo que funciona para un vosotros que no existe. Tanta mano unida a esta tierra y tan poca tierra entre las manos.