viernes, 23 de marzo de 2018

Confeti y ajedrez



Dije “has escogido una forma triste de marcharte”, pero si uno no elije cómo comienza su historia es posible que tampoco tenga mucho que aportar al final. Se precipitan los minutos, tengo el cronometro en marcha desde que nos dijimos adiós por última vez, solo quedan los posos. Tengo que cargar otra cafetera, poner el agua al fuego, accionar el molinillo y mezclar. Tengo que volver a beber. Tus mentiras, mis mentiras, banderas de invasiones alienígenas, ¿no crees? Diría que contigo mi fe se hizo polvo y se sopló, pero la fe siempre ha sabido evadirme, y yo siempre he deseado partirle sus patitas angulosas.

Ahora nuestras distancias se reducen a un enunciado, a las letras que separan ayer de hoy. ¿No es curioso que la única letra que compartan sea una conjunción? Y. Pero ya no hay un “y” que sume nada a los lados de esta carretera. No siento ese gancho en llamas que ansiaba tu nombre, tu boca, tu rostro en mis manos, tus ojos. En su lugar cuelga un brazo flácido que en días de viento me abofetea en la cara y me dice: “so gilipollas, mira por dónde vas”.

Tus ojos, que eran como una mancha de grasa sobre una camisa de gasa estampada, de esas que me pongo en verano. Las turbulencias de tus ojos, de coche de choque, de chupito de un tequila malo y un limón mal partido. Sacaban de mí la clase de estupideces que se excitan unas a otras, como llamas sobre llamas de papel maché, y daban fuego a un vendedor de humos y al fantasma que jugaba al ajedrez en el parque consigo mismo. Todos los miércoles. Y la mayor parte de los domingos. Las piezas blancas son mis defectos, y llevan las de ganar como siempre.

Mis manos en tu rostro. Dos máscaras de baile. Y tengo que pintarme las uñas hoy, porque mañana tendré otras cosas que hacer, otras partes que dibujarme bajo la luz adecuada, otras cosas que romper contra el frío, otros recuerdos que echar a la batidora junto con el plátano y la miel. Un pellizco de canela. Mis dedos manchados de grasa, carmín y tomate ya no va a agarrar tu cara, ya no van a jugar al reproche mientras yo hago de cocinera y tu tratas de pincharme. Sigo usando las mismas manoplas, para quemarme si los recuerdos me suben por los pies descalzos y se me enganchan a la barriga.

Habito el continente árido que hay entre tus labios y todas las mentiras que pronunciaron. Trato de acogerme a los oasis de lo que creí, de lo que quise creer. Trato de acogerme a todas las mentiras que yo también dije. Pero una tormenta de arena se los lleva. Siempre fue arena. En tus labios y los míos se desgastaba el papel de fumar de la fantasía, y tarde o temprano la pega se echó a perder.

Eras cada suspiro, cada gota que se deslizaba en el cristal, cada murmullo a hojas de otoño, cada coche que paraba frente a mi portal. Eras el universo de un nombre que no cabía en mis huesos sin pateármelos antes o después. Y te sentías tan ligero y empequeñecido que, como un agujero negro, lo chupaste todo a tu alrededor, y lo quemaste. Los fusibles saltaron. Y no era la noria, no eran fuegos artificiales abrasándome, no llovía para lamernos las heridas, no era el placer de encajar entre gemidos y lágrimas, era la oscuridad. Ella me sujetaba. En ella hundirme era un alivio, perderme, perderte, perder. Ir quitándome centímetros, comiéndome mis propios peones y partiéndome una torre, con tanto miedo de salir a la luz de nuevo, regalándote palabras y ventanas, cuadros, citas, susurros, que después se descartaban en un derroche muy poco económico de sensiblería por mi parte. Porque eres el universo de un nombre, pero cabes en una canica. Y mi vida era intentar entrar en contacto, sublimarme y caer como gotas, ácida, aunque hacerlo nos partiese.

No puedo imaginar cosas insignificantes. Tu brazo no está, pero la cama sigue caliente, la almohada es más cómoda, el gato corre debajo, entre mis pies, no miro la hora, es muy posible que llegue tarde, mi pelo no se enreda, lo he cortado, no sé si sigue vivo y a veces lo atuso para que me lo confiese. Y cuando consiga recuperar del todo las cosas significantes serán el café de cada mañana, la certeza de las palabras y los colores que no cabían en tu canica, el jaque mate al que me resisto, los gritos pidiendo no volver a pedir nada, la máscara partida, la honestidad como política y el silencio que se apodera de mí cuando no hay ningún espejo delante del que pararme a preguntarme si soy suficiente. ¿Aún brillo cuando bebo y río, cuando abrazo y beso, cuando sé que alguien me mira preparando los dientes para el mordisco?

No hay horror tras la tragedia, te digo. Lo que hay es un proceso lento en el que lo encantador se marchita y uno se deshace de lo demás para hacer hueco a otras rutinas. Y siempre es un proceso cobarde, y como yo me resisto tengo que gritarlo, escribir, rebelarme y reclamar la oscuridad y la sangre, aunque ya no las traigas, son recreables. La oscuridad como el bombón de postre, resarcirme de cada centímetro que amputé, de cada segundo que dejé marchar, de cada escena que ya no me pertenece, que fue mentira. Porque todo pertenecerá ya solo a la ficción, querido, a una ficción reducida y mezquina como mereces. Tus brazos rodeándome, mis llantos refugiados en el arco de tu cuello, tus llantos impotentes en mi regazo que acababan por colarse entre mis piernas, tu sonrisa conquistándolo todo, todas las veces.

Y aunque nos pudiéramos querer toda la vida, yo no lo deseo. Desde hace mucho tiempo, lo cierto, es que no he deseado tanto nada como ahorrarme hasta la despedida. Claudicar. Una vez formamos un lazo perfecto, es verdad. En cualquier caso, hoy recogí todas tus cosas y las lancé por la ventana, haciéndolas añicos, con la esperanza de que las camisetas, los libros, las postales de viaje y las fotos que cristalizaban el amor, pudiesen ser cenizas para mí y confeti para el vecino de abajo.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Equinocio

A mitad de camino se ha quedado el sol, la línea del ojo, la canción que íbamos a bailar en nuestra boda, borrachos, el acorde de guitarra que no nos despegan del sistema nervioso. Y esclavos de las cosas hechas a medias, de los sonidos de fondo, de las falsas sensaciones de seguridad, escapamos. Presos en nuestras mentiras y nuestras breves lecciones de cinismo, hablamos de volar. Alto, muy alto. Voy a llegar a la punta de la torre Eiffel y a mearles a los chinos que se dedican a hacerle fotos desde abajo. Voy a llegar a la luna y a hacerme un chalet para huir del calentamiento global. ¿Qué me decís a eso? Dadnos alas y esperad con una red de seguridad debajo, por favor. Os aseguro que hay gente a la que no le da el entrecejo para cubrir tanta necedad como le habita. Y es que si no nos dan las tripas para soportar la montaña rusa de una rutina templada y una pelea hecha de ascuas enterradas en dinamita, estoy más que convencida de que en mitad de este equinocio sufriremos el destino de tantos otros Ícaros, y en vez de planear iremos directos a la caída libre. Y como los huevos: una vez cascado no hay forma de retornar. Si no nos dan las lecciones de automoción para detener la estupidez a tiempo en horizontal y con frenos, ¿qué no haremos cuando la corriente deje de ir a favor y no sepamos batir las alas, o planear al menos? ¿Inventaremos entonces nuevas formas de aterrizaje? ¿Sacaremos el paracaídas a tiempo?
El caso es que mientras caminaba por la ribera del río y las luces de las casas que más me gustaban de la ciudad iban encendiéndose, no me sentí a medio camino de ningún lugar, no quise aprender a batir nada que no fueran los huevos de la cena, y olvidando la euforia, qué día era y que poco a poco irían todos creciendo en cuanto pestañease, me senté a fumar. La noche frente al día y se ponen a medírsela. Muy bien. Felicidades a todos. Hemos llegado hasta aquí, ¿es eso lo que celebramos? Otro día de mierda que tachar de vuestros calendarios llenos de tópicos insolventes y citas a las que no acudiréis. Oigo a un gato maullar, en los arbustos. Os dejo. Seguro que me entiendo mejor con él.

martes, 20 de marzo de 2018

Lo que he sido

Eso que no debería importarme me importa, mire usted.

No soy el padre de una hija asesinada, pero me importa. No soy la madre de una asesina, pero me importa, no soy la persona cuya casa se inundó, ni cuya tierra quedó arrasada por la crecida de un río o un desastre nuclear. Pero me importa. Muchas cosas no deberían importarme. O quizá deberían importarnos más a todos, ya ve. Todos los días y no solo lo que dura el vídeo de red social de turno o el noticiero de la hora de comer.

Hay muchos pájaros en mi cabeza a los que querría pegarles un tiro, darles caza cuando se esconden, callarlos para siempre y que no vuelvan a darle al pico. Me vuelco en ellos unos minutos, les llego a gritar como si fueran una panda de colegiales que alborotan un recreo, pero nada, después de llevarme el berrinche y con la cara hinchada me dan una tregua frívola y vuelven a piar. Aunque no deberían importarme, aunque todos coincidimos en que debería dejarlos atrás e ignorar su sonido, los miro, los escucho, los alimento, los regaño, porque pienso que puedo darles solución, que alguna tienen que tener. Porque ni la muerte, ni la tristeza, ni el duelo, ni la edad, la rutina o el sinsabor de madrugar sin una gran causa a las espaldas la tienen. Y me dejan en los huesos, metiéndome en una cama helada a la que le he puesto luces de emergencia. Por eso de no saber nunca qué pasará, porque algo pasará, algo será lo próximo que ocurra y me pillará como siempre: en bragas.

Me he centrado en este pájaro o aquel, podría centrarme en el color de las paredes y andar pintando cada sábado tarde de mi vida. Podría centrarme en reconstruir pieza por pieza el fondo de armario como me piden las grandes campañas de moda, o detener el tiempo con la última novedad de ácido hialurónico del mercado. Todos me van a acabar en decepción, porque yo pinto los pájaros y las paredes, y las expectativas incesantes que viven a miles de kilómetros sobre nuestras cabezas, y las arrugas que me saldrán en la cara también. Estoy cansada de ser una isla de vacaciones para otros, quiero ser mi propia isla de vacaciones para mí. Deshacerme de los vertederos, de los pitidos neutralizantes del coche y los gritos afónicos del vecino de al lado, que es del Atleti, por lo visto. Qué tedio este de no viajar, de limitarme a desplazamientos invalidantes, embutida en una jaula de cristal. Esta isla quiere vacaciones de que la quieran solo a ratos, y se va a poner a nadar a favor de viento por una vez en su vida.

He dejado de creer en las personas. En el padre de la niña asesinada, la madre de la asesina, el minero que muere de tos, el mantero que sale por patas y pierde de camino el corazón, el que grita y rompe y arde con la euforia, pero no escucha ni construye ni mitiga el dolor. No han dejado de importarme, pero ya no creo desde el diafragma en ellas. Y quizá más nos valga a todos un chupito de consuelo que nos mueva cada músculo, que una taza de tristeza que se enfría en la cocina, olvidada. He dejado de creer tanto en las personas que igual ya no creo en mí, ni en nada, y eso deja un hueco de balazo en las costillas por el que puedes mirar y ver lo que tienes detrás. Y si lo miras de forma práctica así nadie puede sorprenderte por la espalda, pero si lo miras de forma práctica así nunca nadie te sorprenderá, y punto. Y qué peor práctica para alguien a quien le importa, alguien que creía, alguien que sueña, que no volver a sentir sorpresa.

¿Qué será de lo que he sido, y, sobre todo, de lo que iba a ser?


lunes, 19 de marzo de 2018

Día del padre

Hoy miraba por la ventana cómo el sol descendía sobre un horizonte en el que ya no confluimos,
y como lija las palabras se tomaban su tiempo en apelotonarse sobre mis dientes.
Y en partirlos.
Hoy el dolor no es selectivo. Y echarte de menos se queda así de corto.

Pero donde estés nos felicito hoy a ambos, caballero,

porque queda una parte tuya en mí,
y nada para naufragar,
y hierve sobre el fuego equivocado.