Dije “has escogido una forma triste de marcharte”, pero si uno no
elije cómo comienza su historia es posible que tampoco tenga mucho que aportar
al final. Se precipitan los minutos, tengo el cronometro en marcha desde que
nos dijimos adiós por última vez, solo quedan los posos. Tengo que cargar otra
cafetera, poner el agua al fuego, accionar el molinillo y mezclar. Tengo que
volver a beber. Tus mentiras, mis mentiras, banderas de invasiones alienígenas,
¿no crees? Diría que contigo mi fe se hizo polvo y se sopló, pero la fe siempre
ha sabido evadirme, y yo siempre he deseado partirle sus patitas angulosas.
Ahora nuestras distancias se reducen a un enunciado, a las letras
que separan ayer de hoy. ¿No es curioso que la única letra que compartan sea
una conjunción? Y. Pero ya no hay un “y” que sume nada a los lados de esta
carretera. No siento ese gancho en llamas que ansiaba tu nombre, tu boca, tu
rostro en mis manos, tus ojos. En su lugar cuelga un brazo flácido que en días
de viento me abofetea en la cara y me dice: “so gilipollas, mira por dónde vas”.
Tus ojos, que eran como una mancha de grasa sobre una camisa de gasa
estampada, de esas que me pongo en verano. Las turbulencias de tus ojos, de
coche de choque, de chupito de un tequila malo y un limón mal partido. Sacaban
de mí la clase de estupideces que se excitan unas a otras, como llamas sobre
llamas de papel maché, y daban fuego a un vendedor de humos y al fantasma que
jugaba al ajedrez en el parque consigo mismo. Todos los miércoles. Y la mayor
parte de los domingos. Las piezas blancas son mis defectos, y llevan las de
ganar como siempre.
Mis manos en tu rostro. Dos máscaras de baile. Y tengo que
pintarme las uñas hoy, porque mañana tendré otras cosas que hacer, otras partes
que dibujarme bajo la luz adecuada, otras cosas que romper contra el frío,
otros recuerdos que echar a la batidora junto con el plátano y la miel. Un
pellizco de canela. Mis dedos manchados de grasa, carmín y tomate ya no va a
agarrar tu cara, ya no van a jugar al reproche mientras yo hago de cocinera y
tu tratas de pincharme. Sigo usando las mismas manoplas, para quemarme si los
recuerdos me suben por los pies descalzos y se me enganchan a la barriga.
Habito el continente árido que hay entre tus labios y todas las
mentiras que pronunciaron. Trato de acogerme a los oasis de lo que creí, de lo
que quise creer. Trato de acogerme a todas las mentiras que yo también dije.
Pero una tormenta de arena se los lleva. Siempre fue arena. En tus labios y los
míos se desgastaba el papel de fumar de la fantasía, y tarde o temprano la pega
se echó a perder.
Eras cada suspiro, cada gota que se deslizaba en el cristal, cada
murmullo a hojas de otoño, cada coche que paraba frente a mi portal. Eras el
universo de un nombre que no cabía en mis huesos sin pateármelos antes o
después. Y te sentías tan ligero y empequeñecido que, como un agujero negro, lo
chupaste todo a tu alrededor, y lo quemaste. Los fusibles saltaron. Y no era la
noria, no eran fuegos artificiales abrasándome, no llovía para lamernos las
heridas, no era el placer de encajar entre gemidos y lágrimas, era la
oscuridad. Ella me sujetaba. En ella hundirme era un alivio, perderme, perderte,
perder. Ir quitándome centímetros, comiéndome mis propios peones y partiéndome
una torre, con tanto miedo de salir a la luz de nuevo, regalándote palabras y
ventanas, cuadros, citas, susurros, que después se descartaban en un derroche
muy poco económico de sensiblería por mi parte. Porque eres el universo de un
nombre, pero cabes en una canica. Y mi vida era intentar entrar en contacto, sublimarme
y caer como gotas, ácida, aunque hacerlo nos partiese.
No puedo imaginar cosas insignificantes. Tu brazo no está, pero la
cama sigue caliente, la almohada es más cómoda, el gato corre debajo, entre mis
pies, no miro la hora, es muy posible que llegue tarde, mi pelo no se enreda,
lo he cortado, no sé si sigue vivo y a veces lo atuso para que me lo confiese.
Y cuando consiga recuperar del todo las cosas significantes serán el café de
cada mañana, la certeza de las palabras y los colores que no cabían en tu canica, el jaque mate al que me resisto, los gritos pidiendo no volver a pedir
nada, la máscara partida, la honestidad como política y el silencio que se
apodera de mí cuando no hay ningún espejo delante del que pararme a preguntarme
si soy suficiente. ¿Aún brillo cuando bebo y río, cuando abrazo y beso, cuando
sé que alguien me mira preparando los dientes para el mordisco?
No hay horror tras la tragedia, te digo. Lo que hay es un proceso
lento en el que lo encantador se marchita y uno se deshace de lo demás para
hacer hueco a otras rutinas. Y siempre es un proceso cobarde, y como yo me
resisto tengo que gritarlo, escribir, rebelarme y reclamar la oscuridad y la sangre, aunque ya no las traigas, son recreables. La oscuridad como el bombón de postre, resarcirme de cada centímetro que amputé, de
cada segundo que dejé marchar, de cada escena que ya no me pertenece, que fue
mentira. Porque todo pertenecerá ya solo a la ficción, querido, a una ficción
reducida y mezquina como mereces. Tus brazos rodeándome, mis llantos refugiados
en el arco de tu cuello, tus llantos impotentes en mi regazo que acababan por
colarse entre mis piernas, tu sonrisa conquistándolo todo, todas las veces.
Y aunque nos pudiéramos querer toda la vida, yo no lo deseo. Desde
hace mucho tiempo, lo cierto, es que no he deseado tanto nada como ahorrarme
hasta la despedida. Claudicar. Una vez formamos un lazo perfecto, es verdad. En
cualquier caso, hoy recogí todas tus cosas y las lancé por la ventana, haciéndolas
añicos, con la esperanza de que las camisetas, los libros, las postales de viaje y las fotos
que cristalizaban el amor, pudiesen ser cenizas para mí y confeti para el vecino
de abajo.