martes, 4 de diciembre de 2018

Del pie que cojeas.

La teoría que más oigo estos días es la del obeso que sigue cebándose porque total qué más dará todo ya. Conciliemos, decis. Hagamos las paces. Dejemos el ataque a un lado, no seamos extremistas todos (?), entendámonos. También oigo que la culpa de que surjan extremistas de derecha (como si no llevasen aquí desde siempre) es de que haya feministas y gente de extrema izquierda (?) que les han dado publicidad con tanto atacarlos. Ya... cómo no. Aclaremos dos cosas:

Primero, la culpa de que haya extremistas es de los extremistas, los que lo sois es porque queréis y os han comido el tarro, no porque yo como feminista, por ejemplo, intente que haya más igualdad por distintos medios con mayor o menor eficacia.

Segundo, si yo intento sentarme a una mesa a dialogar con un fascista, si yo hago algo que no sea combatirlo, estoy validando lo que defiende como tolerable, como una postura ideológica aceptable en una sociedad moderna democrática. Le estoy diciendo que lícito sentarnos a debatir si todos los seres humanos merecemos los mismos derechos en todos los ámbitos. No sentarme con él no es ser extremista, llamarlo por lo que es no es ser extremista, querer acabar con los medios en los que la desigualdad se perpetúa no es extremista. No tolerar más a los intolerantes no es ser extremista, señores. Es proteger un Estado democrático, donde se conviva en tolerancia, de lo que la dinamita.

Muchas personas en todo el planeta estamos hartas de vivir en un nivel de indignación máximo y constante porque a la mayoría os la sude que no avancemos, que sigamos teniendo injusticias, o que destruyamos el planeta y hagamos sufrir un holocausto diario a varias especies. Y no nos importa pelear, y no nos importan las consecuencias. Que el 1% de la población mundial tenga el 75% de los recursos no solo es injusto, es insostenible, para la población y para el planeta. Ojalá lo entendiéseis, os concienciáseis para actuar en consecuencia y para dejar de miraros ombligo como unos repugnantes. Ojalá ese 1% no tuviese a tantos adeptos en tantos sitios para ser sus alfeñiques y sus voceros, sus defensores ignorantes, prostituídos a la causa de empobrecerlo todo y a todos en beneficio de sus amos. Y por una vez en mucho tiempo los que estamos de este lado no queremos ponernos límite, ni callarnos por miedo al enfrentamiento, por miedo a que empeore, por miedo a volver atrás. Acabe como acabe. Quedarnos en silencio nos convertiría en cómplices.

Antisistema nos llamáis, extrema izquierda... una piña gorda con gorrito de navidad para vosotros, ¡guapis! Los únicos que hacemos algo porque algún día exista un sistema sostenible, en el que podamos vivir todos, incluso aunque ese sistema fuese sucesor del capitalismo, somos los que seguimos peleando por reformarlo. Peleamos por una vida digna, por menos contaminación, por la igualdad de oportunidades de todo ser humano independientemente de cómo y dónde haya nacido, por los derechos de todas las criaturas de este planeta. Peleamos por algo más que por yo, por mí y por mis mecanismos mientras cambiamos el canal de la tele e insultamos a los catalanes, vaya.

Si apoyas de voto o palabra al racismo, el machismo, la desigualdad de oportunidades, el liberalismo que solo es liberal para dejar que se enriquezca el más rico pero luego lo rescata y es más que proteccionista con bancos, sociedades e industrias; si apoyas el conservadurismo moralista católico y la intolerancia brutal de considerarte más digno de algo que otros por causas no conseguidas si no adquiridas, entonces, eres un fascista.

Si votas a un partido racista que quiere cerrar fronteras para que los occidentales sigamos siendo menos pobres que otros porque es nuestro derecho de nacimiento: bienvenido a la realidad, eres racista. Y también cuando repites estereotipos que varias encuestas del INE niegan rotundamente.

Si apoyas a personas, partidos e instituciones que atacan al feminismo continuamente en todas sus formas, sin proponer medidas razonables para que haya una igualdad real entre ambos sexos, no solo eres machista, machistas un poco somos todos porque es lo que hemos mamado, pero eres un obstáculo para el feminismo y como tal te vamos a tratar.

Si apoyas a partidos reaccionarios que consideran que subir a 900 euros el salario mínimo era una locura y que creen, como el FMI que se deberían bajar los sueldos en España y abarator los despidos, pero que no hay que poner límite a cuánto debe cobrar un casero por un alquiler: enhorabuena, eres un miserable. Y un fascista.

Si te gustan mucho los toros porque es que es tradición y a ti tus tradiciones que no te las toquen métete las banderillas por el orto, fascista.

Si eres muy español y mucho español, muy blanco, muy macho y muy hetero, y consideras que por eso tienes más derecho a tus derechos que un subsahariano o un peruano, un homosexual, un musulmán, o un transexual, o cualquiera que se salga de tu esquema borderline de valores, lo siento por ti, porque eres nuestro enemigo. Vamos a por ti. Queremos, y tenemos que, erradicar algo que no puede tolerarse más en democracia porque la parasita: tus opiniones de mierda.

¿Y tú qué quieres?

miércoles, 30 de mayo de 2018

A propósito de decir te quiero.

Qué se hace cuando al no tener nada que dar,
buscas entre los escombros de baúles viejos
y no ves más que las ausencias,
los trozos que no están,
las siluetas de las cosas que fueron.
No hablo de corazones hechos de grieta y grito,
ni de emociones supurando por unos labios pálidos.
Hablo de todo lo que se ha apagado,
toda la tela que antes nos vestía
y que va perdiendo color en el armario.
Los te quiero sinceros que ahora son solo letras
¿por qué se perdieron?,
¿cómo los olvidé?
¿Encerramos lo que sentíamos en una jaula de oro?
¿Lo aturdimos hasta volverlo puré?
Le dimos descripciones, poemas y palabras,
información científica y música sedante,
rostros y brazos distintos,
lugares remotos y oscuros,
y entonces sí se quedó ciego, y sordo, y mudo.
No entiendo los que divulgan un "te quiero" tras de otro,
como simiente entre la paja,
y por la paja.
Te quiero como el eslogan de un anuncio de cocacola.
Te quiero para los ojos de este teatro que nos observa.
Te quiero de feria, entre el licor y a última hora.
No te quiero en silencio.
No te quiero en una sonrisa mal reprimida
No te quiero del que se anuda en la tripa
y se pulveriza sobre los huesos.
No te quiero del que cambia el ADN y la forma en la que miro por la ventana los domingos que no como contigo.
Te quiero amable mientras me convenga.
Palabras que no llegan ni para empezar a prender un hogar,
y no buscan compañía en los ojos de quien las recibe.
Ni un hogar en el que ponerse incómodo y aprender.
No me dejéis escritas sensiblerías,
olvidad mi soberbia,
prestaos oído atento.
Buscad entre las fotos un te quiero sincero,
delicado en los oídos y que retumbe en el esternón,
que no nos de alas,
si no un sitio donde aterrizarnos,
que nos diga sé, ve, haz,
y luego vuelve,
si puedes.
Que no nos diga canta ni nos cante,
que sea la canción en nosotros.
Sin celos, ni violencia.
En calma.
Como si toda pretensión e historia no importasen.
Como si todo se hubiese borrado por fin salvo su nombre.
Sólido, inabarcable.
Lleno de temores, pero sin cobardía.
Vulnerable.
Dulce.
Que no necesita pasear de boca en boca,
de mano en mano.
El te quiero que me gustaría poder decir,
y que no puedo.
El primer te quiero que me gustaría entonar, de nuevo,
y que no sé.
El último te quiero que diría
aunque no moviese ni un pelo.
Aquí, en mitad del caos de quien huye de un naufragio sin mirar atrás.

He rescatado Margarita

Es una margarita. Todo el mundo piensa que las margaritas son vulgares, flores inútiles que quedaron para los románticos viejos, las niñas tontas y los jardines abandonados. Yo, sin embargo, cuando la encontré, mecida por el aire que cruzaba el patio, como una pequeña ninfa que bailaba entre las hierbas, y luego dormitanba sobre la tierra, pensativa; sentí en un instante cómo me entregaba más de lo que podía esperar. Más que un sí, un no, un no lo sabemos.Sentí cómo me entregaba la inspiración para sentarme y volver a empezar aquella historia que tenía abandonada en el cajón.
La acogí con todo el amor que me permiten estas manos cansadas y rígidas que tengo. La saqué a bailar por la calle oscura y gris, hasta mi casa; y el sol empezó a colarse entre las nubes, discreto. Cuando llegábamos a mi portal iluminaba ya cada pétalo blanco y húmedo de la flor. Sonreí. Solo sonreí a medias. Su forma de cabecear entre mis dedos parecía pedirme que la quisiera, en paz, sin interés, con cautela. El tipo de amor que llevaba años sin ver. El tipo de amor que la mayoría no llega a entregar en su vida. Puede que debiera deshojarla como se suele hacer con las margaritas, preguntándole entre susurros si algún día tendré, si me querrá. Preferí acompañarla, darle los buenos días, cambiarle el agua, hasta que como todas las cosas, me abandonó.

martes, 1 de mayo de 2018

Contarte sin rima, ni ritmo, ni tiempo

Quiero contarte una historia de amor que no tenga rima, ni ritmo, ni tiempo; quiero contarte que no quiero más vida que tenerme a mí misma, tumbada aquí, contigo, un minuto en silencio.
Quiero ponerle cortinas a esta habitación siniestra, e iluminarla de risas por dentro; perderme en un parque junto a ti, y no regresar, no querer regresar, mientras dure el día.
Siempre he sido una criatura, y extraña, inhóspita, errante, insolente. Siempre al tenderle la mano al mundo me la he quemado, y ha llovido, pero aún sigue la piel humeándome.
Puedo poner la mira en un lugar lejano. Pero si estoy sola la miopía me gana la partida y no me muevo.
Puedo pensar en apenas mil formas de pedirte perdón o de estar ahí para ti. Lamento tener que ser esta y no otra, escuchar sin entender, preocuparme, no decir lo que siento en el fondo, no saber cuándo callarme.
No hay canciones para dedicar y rededicar,  ni más minutos de trailer para esta peli. No hay recuerdos en la manga, ni más lagunas mentales, o baches que remontarte.
Hay camino. Camino para cerrar las heridas con pétalos de una flor y miel en los párpados,. Hay aún días para retarlo todo, sentirnos cansados, no conseguirlo, dormir.

Quiero contarte una historia de amor que no tenga rima, ni ritmo, ni tiempo; quiero contarte una historia de amor que no tenga te quieros, ni lo sientos. Parece que no llego a ninguna parte, pero pertenezco a un lugar. Ahora que lo sé por fin importa. Siempre vaticinaremos tormentas como si fuesemos el hombre del tiempo. Ninguno lleva paraguas y nos hemos aficionado a que arrecie.
Nunca diré que es el fin de la historia, nunca serás más hermosa que ayer, nunca te regalaré suficientes flores, nunca tendremos un loft en Manhattan ni una casa de bruja del bosque. Chillo, escupo, te llamo hija de mil putas y después te beso. He acabado escribiendo en un rincón, ciega. Cuando coja el autobús, y vea tu rostro mirar por la ventana distraído, diré que es mi suerte, pero nunca que soy yo.

jueves, 19 de abril de 2018

Para Pedro Sorela

Este es el primer ejercicio que hice en periodismo para el profesor que más me marcó en toda aquella temporada. Tanto por esta clase en concreto, como por este año y las muchas conversaciones que nos siguieron uniendo cuando nos encontrábamos o yo iba a buscar su consejo. Aún recuerdo sus críticas oportunas y sus ánimos. Y aún recuerdo a la niña que escribió así:


Primera versión.

Nace un insecto en plena naturaleza, a nadie podría extrañarle, la mayoría no se fijaría en el asunto. Pero yo soy el animal que vaga salvaje, que es sin ayuda, que esta contento, que no conoce otra cosa. Corro libre y surco el mar. Cazo. Vivo en un agujero en el suelo, el mismo que pisáis. Soy libre para obrar como desee. Y os observo, viviendo en enormes cajas de zapatos con agujeros. Abrigados del frío, salvados del calor, llevando siempre la contraria al tiempo. No os comprendo. Podrían pasar mil años y desde mi pequeño observatorio seguiría sin entenderos. Destrozando el mundo, existiendo tan despreocupados y a la vez tan destructores. No podéis poneros de acuerdo ni discrepar. Dejáis el significado en casa. Y así os difumináis en la edad para que no podáis ser más que las extremidades fantasma, sin nombre, de un motor que se mueve para un bien común que no beneficia a nadie. Todos vuestros brazos forman el mundo, pero qué poco mundo abarcan vuestros brazos.


Segunda versión.

La vida de un bicho comienza en el mundo salvaje, no se alarma nadie hasta ahora. Aunque la mayor parte pasaría de largo el tema. Pero yo soy esa criatura que camina, que existe sin auxilio, y es feliz. Voy con prisa y navego. Mato a otros seres para comer. Estoy en una abertura en la tierra, la misma sobre la que andáis. No estoy sujeto para hacer y deshacer a mi antojo. Y os veo, habitando gigantescas construcciones de cementos con ventanas. Calentitos, o refrescados, contrariando siempre el ambiente. No os entiendo. Pasaría un milenio y desde mi puntito de vista no seria capaz de comprenderos. Destruyendo la Tierra, viviendo tan desentendidos y a la vez tan guerreros. No sois uno ni muchos. Olvidáis lo que representa en vuestro hogar. Y desaparecéis de ese modo en la historia para no ser más que unos brazos invisibles, innombrables de un mecanismo que funciona para un vosotros que no existe. Tanta mano unida a esta tierra y tan poca tierra entre las manos.

viernes, 23 de marzo de 2018

Confeti y ajedrez



Dije “has escogido una forma triste de marcharte”, pero si uno no elije cómo comienza su historia es posible que tampoco tenga mucho que aportar al final. Se precipitan los minutos, tengo el cronometro en marcha desde que nos dijimos adiós por última vez, solo quedan los posos. Tengo que cargar otra cafetera, poner el agua al fuego, accionar el molinillo y mezclar. Tengo que volver a beber. Tus mentiras, mis mentiras, banderas de invasiones alienígenas, ¿no crees? Diría que contigo mi fe se hizo polvo y se sopló, pero la fe siempre ha sabido evadirme, y yo siempre he deseado partirle sus patitas angulosas.

Ahora nuestras distancias se reducen a un enunciado, a las letras que separan ayer de hoy. ¿No es curioso que la única letra que compartan sea una conjunción? Y. Pero ya no hay un “y” que sume nada a los lados de esta carretera. No siento ese gancho en llamas que ansiaba tu nombre, tu boca, tu rostro en mis manos, tus ojos. En su lugar cuelga un brazo flácido que en días de viento me abofetea en la cara y me dice: “so gilipollas, mira por dónde vas”.

Tus ojos, que eran como una mancha de grasa sobre una camisa de gasa estampada, de esas que me pongo en verano. Las turbulencias de tus ojos, de coche de choque, de chupito de un tequila malo y un limón mal partido. Sacaban de mí la clase de estupideces que se excitan unas a otras, como llamas sobre llamas de papel maché, y daban fuego a un vendedor de humos y al fantasma que jugaba al ajedrez en el parque consigo mismo. Todos los miércoles. Y la mayor parte de los domingos. Las piezas blancas son mis defectos, y llevan las de ganar como siempre.

Mis manos en tu rostro. Dos máscaras de baile. Y tengo que pintarme las uñas hoy, porque mañana tendré otras cosas que hacer, otras partes que dibujarme bajo la luz adecuada, otras cosas que romper contra el frío, otros recuerdos que echar a la batidora junto con el plátano y la miel. Un pellizco de canela. Mis dedos manchados de grasa, carmín y tomate ya no va a agarrar tu cara, ya no van a jugar al reproche mientras yo hago de cocinera y tu tratas de pincharme. Sigo usando las mismas manoplas, para quemarme si los recuerdos me suben por los pies descalzos y se me enganchan a la barriga.

Habito el continente árido que hay entre tus labios y todas las mentiras que pronunciaron. Trato de acogerme a los oasis de lo que creí, de lo que quise creer. Trato de acogerme a todas las mentiras que yo también dije. Pero una tormenta de arena se los lleva. Siempre fue arena. En tus labios y los míos se desgastaba el papel de fumar de la fantasía, y tarde o temprano la pega se echó a perder.

Eras cada suspiro, cada gota que se deslizaba en el cristal, cada murmullo a hojas de otoño, cada coche que paraba frente a mi portal. Eras el universo de un nombre que no cabía en mis huesos sin pateármelos antes o después. Y te sentías tan ligero y empequeñecido que, como un agujero negro, lo chupaste todo a tu alrededor, y lo quemaste. Los fusibles saltaron. Y no era la noria, no eran fuegos artificiales abrasándome, no llovía para lamernos las heridas, no era el placer de encajar entre gemidos y lágrimas, era la oscuridad. Ella me sujetaba. En ella hundirme era un alivio, perderme, perderte, perder. Ir quitándome centímetros, comiéndome mis propios peones y partiéndome una torre, con tanto miedo de salir a la luz de nuevo, regalándote palabras y ventanas, cuadros, citas, susurros, que después se descartaban en un derroche muy poco económico de sensiblería por mi parte. Porque eres el universo de un nombre, pero cabes en una canica. Y mi vida era intentar entrar en contacto, sublimarme y caer como gotas, ácida, aunque hacerlo nos partiese.

No puedo imaginar cosas insignificantes. Tu brazo no está, pero la cama sigue caliente, la almohada es más cómoda, el gato corre debajo, entre mis pies, no miro la hora, es muy posible que llegue tarde, mi pelo no se enreda, lo he cortado, no sé si sigue vivo y a veces lo atuso para que me lo confiese. Y cuando consiga recuperar del todo las cosas significantes serán el café de cada mañana, la certeza de las palabras y los colores que no cabían en tu canica, el jaque mate al que me resisto, los gritos pidiendo no volver a pedir nada, la máscara partida, la honestidad como política y el silencio que se apodera de mí cuando no hay ningún espejo delante del que pararme a preguntarme si soy suficiente. ¿Aún brillo cuando bebo y río, cuando abrazo y beso, cuando sé que alguien me mira preparando los dientes para el mordisco?

No hay horror tras la tragedia, te digo. Lo que hay es un proceso lento en el que lo encantador se marchita y uno se deshace de lo demás para hacer hueco a otras rutinas. Y siempre es un proceso cobarde, y como yo me resisto tengo que gritarlo, escribir, rebelarme y reclamar la oscuridad y la sangre, aunque ya no las traigas, son recreables. La oscuridad como el bombón de postre, resarcirme de cada centímetro que amputé, de cada segundo que dejé marchar, de cada escena que ya no me pertenece, que fue mentira. Porque todo pertenecerá ya solo a la ficción, querido, a una ficción reducida y mezquina como mereces. Tus brazos rodeándome, mis llantos refugiados en el arco de tu cuello, tus llantos impotentes en mi regazo que acababan por colarse entre mis piernas, tu sonrisa conquistándolo todo, todas las veces.

Y aunque nos pudiéramos querer toda la vida, yo no lo deseo. Desde hace mucho tiempo, lo cierto, es que no he deseado tanto nada como ahorrarme hasta la despedida. Claudicar. Una vez formamos un lazo perfecto, es verdad. En cualquier caso, hoy recogí todas tus cosas y las lancé por la ventana, haciéndolas añicos, con la esperanza de que las camisetas, los libros, las postales de viaje y las fotos que cristalizaban el amor, pudiesen ser cenizas para mí y confeti para el vecino de abajo.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Equinocio

A mitad de camino se ha quedado el sol, la línea del ojo, la canción que íbamos a bailar en nuestra boda, borrachos, el acorde de guitarra que no nos despegan del sistema nervioso. Y esclavos de las cosas hechas a medias, de los sonidos de fondo, de las falsas sensaciones de seguridad, escapamos. Presos en nuestras mentiras y nuestras breves lecciones de cinismo, hablamos de volar. Alto, muy alto. Voy a llegar a la punta de la torre Eiffel y a mearles a los chinos que se dedican a hacerle fotos desde abajo. Voy a llegar a la luna y a hacerme un chalet para huir del calentamiento global. ¿Qué me decís a eso? Dadnos alas y esperad con una red de seguridad debajo, por favor. Os aseguro que hay gente a la que no le da el entrecejo para cubrir tanta necedad como le habita. Y es que si no nos dan las tripas para soportar la montaña rusa de una rutina templada y una pelea hecha de ascuas enterradas en dinamita, estoy más que convencida de que en mitad de este equinocio sufriremos el destino de tantos otros Ícaros, y en vez de planear iremos directos a la caída libre. Y como los huevos: una vez cascado no hay forma de retornar. Si no nos dan las lecciones de automoción para detener la estupidez a tiempo en horizontal y con frenos, ¿qué no haremos cuando la corriente deje de ir a favor y no sepamos batir las alas, o planear al menos? ¿Inventaremos entonces nuevas formas de aterrizaje? ¿Sacaremos el paracaídas a tiempo?
El caso es que mientras caminaba por la ribera del río y las luces de las casas que más me gustaban de la ciudad iban encendiéndose, no me sentí a medio camino de ningún lugar, no quise aprender a batir nada que no fueran los huevos de la cena, y olvidando la euforia, qué día era y que poco a poco irían todos creciendo en cuanto pestañease, me senté a fumar. La noche frente al día y se ponen a medírsela. Muy bien. Felicidades a todos. Hemos llegado hasta aquí, ¿es eso lo que celebramos? Otro día de mierda que tachar de vuestros calendarios llenos de tópicos insolventes y citas a las que no acudiréis. Oigo a un gato maullar, en los arbustos. Os dejo. Seguro que me entiendo mejor con él.

martes, 20 de marzo de 2018

Lo que he sido

Eso que no debería importarme me importa, mire usted.

No soy el padre de una hija asesinada, pero me importa. No soy la madre de una asesina, pero me importa, no soy la persona cuya casa se inundó, ni cuya tierra quedó arrasada por la crecida de un río o un desastre nuclear. Pero me importa. Muchas cosas no deberían importarme. O quizá deberían importarnos más a todos, ya ve. Todos los días y no solo lo que dura el vídeo de red social de turno o el noticiero de la hora de comer.

Hay muchos pájaros en mi cabeza a los que querría pegarles un tiro, darles caza cuando se esconden, callarlos para siempre y que no vuelvan a darle al pico. Me vuelco en ellos unos minutos, les llego a gritar como si fueran una panda de colegiales que alborotan un recreo, pero nada, después de llevarme el berrinche y con la cara hinchada me dan una tregua frívola y vuelven a piar. Aunque no deberían importarme, aunque todos coincidimos en que debería dejarlos atrás e ignorar su sonido, los miro, los escucho, los alimento, los regaño, porque pienso que puedo darles solución, que alguna tienen que tener. Porque ni la muerte, ni la tristeza, ni el duelo, ni la edad, la rutina o el sinsabor de madrugar sin una gran causa a las espaldas la tienen. Y me dejan en los huesos, metiéndome en una cama helada a la que le he puesto luces de emergencia. Por eso de no saber nunca qué pasará, porque algo pasará, algo será lo próximo que ocurra y me pillará como siempre: en bragas.

Me he centrado en este pájaro o aquel, podría centrarme en el color de las paredes y andar pintando cada sábado tarde de mi vida. Podría centrarme en reconstruir pieza por pieza el fondo de armario como me piden las grandes campañas de moda, o detener el tiempo con la última novedad de ácido hialurónico del mercado. Todos me van a acabar en decepción, porque yo pinto los pájaros y las paredes, y las expectativas incesantes que viven a miles de kilómetros sobre nuestras cabezas, y las arrugas que me saldrán en la cara también. Estoy cansada de ser una isla de vacaciones para otros, quiero ser mi propia isla de vacaciones para mí. Deshacerme de los vertederos, de los pitidos neutralizantes del coche y los gritos afónicos del vecino de al lado, que es del Atleti, por lo visto. Qué tedio este de no viajar, de limitarme a desplazamientos invalidantes, embutida en una jaula de cristal. Esta isla quiere vacaciones de que la quieran solo a ratos, y se va a poner a nadar a favor de viento por una vez en su vida.

He dejado de creer en las personas. En el padre de la niña asesinada, la madre de la asesina, el minero que muere de tos, el mantero que sale por patas y pierde de camino el corazón, el que grita y rompe y arde con la euforia, pero no escucha ni construye ni mitiga el dolor. No han dejado de importarme, pero ya no creo desde el diafragma en ellas. Y quizá más nos valga a todos un chupito de consuelo que nos mueva cada músculo, que una taza de tristeza que se enfría en la cocina, olvidada. He dejado de creer tanto en las personas que igual ya no creo en mí, ni en nada, y eso deja un hueco de balazo en las costillas por el que puedes mirar y ver lo que tienes detrás. Y si lo miras de forma práctica así nadie puede sorprenderte por la espalda, pero si lo miras de forma práctica así nunca nadie te sorprenderá, y punto. Y qué peor práctica para alguien a quien le importa, alguien que creía, alguien que sueña, que no volver a sentir sorpresa.

¿Qué será de lo que he sido, y, sobre todo, de lo que iba a ser?


lunes, 19 de marzo de 2018

Día del padre

Hoy miraba por la ventana cómo el sol descendía sobre un horizonte en el que ya no confluimos,
y como lija las palabras se tomaban su tiempo en apelotonarse sobre mis dientes.
Y en partirlos.
Hoy el dolor no es selectivo. Y echarte de menos se queda así de corto.

Pero donde estés nos felicito hoy a ambos, caballero,

porque queda una parte tuya en mí,
y nada para naufragar,
y hierve sobre el fuego equivocado.