Eso que no debería importarme me importa, mire usted.
No soy el padre de una hija asesinada, pero me importa. No soy la madre de una asesina, pero me importa, no soy la persona cuya casa se inundó, ni cuya tierra quedó arrasada por la crecida de un río o un desastre nuclear. Pero me importa. Muchas cosas no deberían importarme. O quizá deberían importarnos más a todos, ya ve. Todos los días y no solo lo que dura el vídeo de red social de turno o el noticiero de la hora de comer.
Hay muchos pájaros en mi cabeza a los que querría pegarles un tiro, darles caza cuando se esconden, callarlos para siempre y que no vuelvan a darle al pico. Me vuelco en ellos unos minutos, les llego a gritar como si fueran una panda de colegiales que alborotan un recreo, pero nada, después de llevarme el berrinche y con la cara hinchada me dan una tregua frívola y vuelven a piar. Aunque no deberían importarme, aunque todos coincidimos en que debería dejarlos atrás e ignorar su sonido, los miro, los escucho, los alimento, los regaño, porque pienso que puedo darles solución, que alguna tienen que tener. Porque ni la muerte, ni la tristeza, ni el duelo, ni la edad, la rutina o el sinsabor de madrugar sin una gran causa a las espaldas la tienen. Y me dejan en los huesos, metiéndome en una cama helada a la que le he puesto luces de emergencia. Por eso de no saber nunca qué pasará, porque algo pasará, algo será lo próximo que ocurra y me pillará como siempre: en bragas.
Me he centrado en este pájaro o aquel, podría centrarme en el color de las paredes y andar pintando cada sábado tarde de mi vida. Podría centrarme en reconstruir pieza por pieza el fondo de armario como me piden las grandes campañas de moda, o detener el tiempo con la última novedad de ácido hialurónico del mercado. Todos me van a acabar en decepción, porque yo pinto los pájaros y las paredes, y las expectativas incesantes que viven a miles de kilómetros sobre nuestras cabezas, y las arrugas que me saldrán en la cara también. Estoy cansada de ser una isla de vacaciones para otros, quiero ser mi propia isla de vacaciones para mí. Deshacerme de los vertederos, de los pitidos neutralizantes del coche y los gritos afónicos del vecino de al lado, que es del Atleti, por lo visto. Qué tedio este de no viajar, de limitarme a desplazamientos invalidantes, embutida en una jaula de cristal. Esta isla quiere vacaciones de que la quieran solo a ratos, y se va a poner a nadar a favor de viento por una vez en su vida.
He dejado de creer en las personas. En el padre de la niña asesinada, la madre de la asesina, el minero que muere de tos, el mantero que sale por patas y pierde de camino el corazón, el que grita y rompe y arde con la euforia, pero no escucha ni construye ni mitiga el dolor. No han dejado de importarme, pero ya no creo desde el diafragma en ellas. Y quizá más nos valga a todos un chupito de consuelo que nos mueva cada músculo, que una taza de tristeza que se enfría en la cocina, olvidada. He dejado de creer tanto en las personas que igual ya no creo en mí, ni en nada, y eso deja un hueco de balazo en las costillas por el que puedes mirar y ver lo que tienes detrás. Y si lo miras de forma práctica así nadie puede sorprenderte por la espalda, pero si lo miras de forma práctica así nunca nadie te sorprenderá, y punto. Y qué peor práctica para alguien a quien le importa, alguien que creía, alguien que sueña, que no volver a sentir sorpresa.
¿Qué será de lo que he sido, y, sobre todo, de lo que iba a ser?
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