El número favorito de mi amigo Miki es el ocho. Lo lleva a todas partes colgado al cuello y colecciona bolas de billar. Ocho, negro, final de partida. Cuélala en esa esquina y se acabó, ganaste. Cuélala en esta y el acabado serás tú.
La primera vez que me fijé estaba segura de que coleccionaba infinitos, lo inconquistable. Y me lo imaginaba desde pequeño garabateando la forma en cada página de sus libros.
Después sospeché que eran un registro de derrotas que se prolongaban cada una en la siguiente. ¿Sería posible que el blanco sobre el negro fuese como el punto de luz al final de un túnel? ¿O un contrato con una fe que se estrangula pero decide no divorciarse?
Ocho horas que dormir.
Ocho días para recordar.
Ocho canciones que aprendí a temer.
Ahora, por lo que sea, quiero creer que son una colección de puntos y aparte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario